En las últimas tres décadas, el transporte marítimo ha pasado de ser un engranaje previsible y casi invisible a convertirse en un indicador clave de la economía global. La expansión del comercio internacional, la estandarización del contenedor y la irrupción de China como gran motor industrial transformaron por completo el sector, impulsando buques más grandes, puertos especializados y una logística centrada en la eficiencia. Este cambio permitió abaratar el transporte hasta el punto de hacer viable producir a miles de kilómetros del consumidor final.
A partir de ahí, cada crisis ha redefinido su funcionamiento: los atentados del 11S introdujeron exigencias de seguridad y trazabilidad, la crisis de 2008 obligó a gestionar riesgos más allá del precio y la última década —marcada por la pandemia y las tensiones geopolíticas— ha evidenciado la fragilidad del sistema. Hoy, el transporte marítimo mueve más del 80% del comercio mundial en un entorno de incertidumbre constante, donde la planificación, la flexibilidad y la capacidad de anticiparse han convertido la logística en un factor estratégico para la competitividad empresarial.